agenda
Palabras que inspiran un mes.
A diez días de haber empezado septiembre escribí mi palabra inspiración. Lo hice en Instagram y no pasé por aquí. Fui consciente de ello. Y es que mi contenido nada tiene que ver entre estas dos plataformas, aunque yo me empeñe en amortizar párrafos.
Seguiré paseando por la newsletter la palabra del mes. Más que nada porque soy de las que cuando empiezan algo le cuesta dejarlo a medias y, a tres meses de terminar el año, no voy a arriesgarme a que mi TOC me quite el sueño.
Me está costando septiembre. Y no porque no quisiera que llegara, que le tenía ganas. Sino porque me tiene mareada. He pasado de tener el epicentro de mi vida en un reto que activa mi creatividad y me hace ver el mundo, escribirlo y fotografiarlo a través de guías arbitrarias (los temas que el azar dispone), a ceñirme a los horarios de una agenda que se cierra a golpe de imprevistos (des)ordenados.
He dejado de divertirme, aunque pedía rutina y orden. Y, lo peor de todo, es que me he quedado tan descolgada, que ya no encuentro fotos, ni palabras. A pesar de acabar de revelar más de ochocientas instantáneas de agosto y salirme humo por la cabeza del hervidero de ideas que me queman.
Esta semana, comentaba con unas compañeras que “no hay falta de tiempo”, hay prioridades y rutinas. Todo lo que “rutinizo” tiene tiempo y espacio. Lo cumplo y me hace bien. Porque mis rutinas están alineadas a mis prioridades. El problema es cuando quiero “rutinizar” algo que considero importante y no encuentro el momento. Entonces me entran las dudas. ¿Será que no es tan prioritario como pensaba? ¿O la procrastinación de ejecutar la rutina fácil es una excusa para no hacer eso otro que quiero incorporar?
Hablo de escribir, entre otras cosas. Hablo de nutrir y masajear mi cerebro. Hablo de ese eje sobre el que giraba agosto y que septiembre ha desplazado.
Durante años mi agenda marcaba cada semana los cuatro o cinco días que tenía que hacer ejercicio. Hace dos semanas que dejé de hacerlo. Porque dejaron de ser incentivo. No solo eso, aumenté mis objetivos de los aros de movimiento de mi reloj. ¿Para qué apuntar algo que cumplía sobradamente? Posiblemente para hacerme sentir bien.
También apuntaba días o momentos de escritura que difícilmente tachaba. Los eliminé antes que mis objetivos deportivos. Porque no los cumplía y, por tanto, no alimentaban mi bienestar.
Septiembre me devuelve una agenda con prioridades que aletargan sueños, con la procrastinación que genera rutinas vacías y una falsa sensación de no tener tiempo que me cabrea.
Y aquí estoy, rascando palabras.



Me he visto en un espejo. Septiembre no me gusta. Lo admito. No le encuentro la gracia a pasar abruptamente de la creatividad y la libertad a la rutina y las obligaciones.
No me gusta dejar de ser dueña de mi tiempo para convertirme en el vehículo para que otros aprovechen el suyo.
No me encuentro en este septiembre que me obliga a moverme como una autómata, viendo pasar los días.
Poco a poco me iré haciendo de nuevo un hueco. Espero que vayas ordenando esa agenda.
Un abrazo.